martes, 17 de enero de 2017

TOCANDO LA CIMA (46)

TOCANDO LA CIMA (46)

Para navidad quiero un viaje a la Sierra Nevada, perdida del ruido del mundo, solos la selva, yo, y la mariposa que se disfrazó de hoja, al pasar por la rivera de mis ojos.

Abrió sus alas que parecían espejos volando y volando, la seguí y ella regresaba; me quería llevar a un precipicio, vainas raras, pero ciertas.

La selva tiene su magia y toca adivinar sus almas en medio de la espesura, ¡con mucho cuidado!

Al estacionarse, me di cuenta que ocultaba su belleza en su disfraz. Mariposa vivaz que abriste tus alas y me dejaste ver el color del cielo en ti.

Se me concedió el sueño, no llegué a la Sierra, pero sí toqué la gloria en otras montañas, que a lo lejos dibujaban niños de lana besando la tierra y balando canciones de cuna.

Pedí poco, para lo que se me regaló. Trepé por la montaña, parecía cabrita montesa, me seguía la gata dorada y un perrito chihuahua que pegaron su carne a la mía, las pulgas se juntaron para que me rascara con ganas y sintiera la vida.

Dormí sobre un lecho de café en pergamino, y el mundo me olía a paz, a vacas lecheras, a potros salvajes corriendo sin pena ni alarde, relinchando poemas a la tarde y brincando potras al azar.

¡Estuve feliz de la vida!, ¡cuánto diera porque no doliera el tiempo no vivido!, pero pasó, todo se fue, pero recuerdos quedan de aquéllos momentos, de esos abrazos de niños frescos sin maldad, que no fueron tocados por la ciudad.

Ahora recuerdo que el paisaje no terminaba, una montaña era el cielo, y al llegar ahí, más cielos, más nubes y más, mucho más de lo imaginado. Entre pepas de café colorado y flores blancas, la dulzura del viento cantor atrapó una oración de toches en un árbol, enredando cunas y picos llenos entre los platanales, entre ausencias y ensueños, entre coplas y tonadas que dulcificaron una navidad jamás soñada.

Todos quedaron dormidos, salimos sin hacer ruido; el trabajo fue arduo, y la paz se volvió camino, abrazos de amigos que siempre fueron, y ella caminando a mi lado con una sonrisa encaramada en la boca que hacía llorar de alegría, en medio de un sorbo de chicha y los cariños de cada esquina con olor a café tostado.

¡Gracias amigos por tanto!, por esos momentos que no regresarán.

Raquel Rueda Bohórquez

17 01 17

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