TOCANDO LA
CIMA (46)
Para navidad
quiero un viaje a la Sierra Nevada, perdida del ruido del mundo, solos la
selva, yo, y la mariposa que se disfrazó de hoja, al pasar por la rivera de mis
ojos.
Abrió sus
alas que parecían espejos volando y volando, la seguí y ella regresaba; me
quería llevar a un precipicio, vainas raras, pero ciertas.
La selva
tiene su magia y toca adivinar sus almas en medio de la espesura, ¡con mucho
cuidado!
Al
estacionarse, me di cuenta que ocultaba su belleza en su disfraz. Mariposa
vivaz que abriste tus alas y me dejaste ver el color del cielo en ti.
Se me
concedió el sueño, no llegué a la Sierra, pero sí toqué la gloria en otras
montañas, que a lo lejos dibujaban niños de lana besando la tierra y balando
canciones de cuna.
Pedí poco,
para lo que se me regaló. Trepé por la montaña, parecía cabrita montesa, me
seguía la gata dorada y un perrito chihuahua que pegaron su carne a la mía, las
pulgas se juntaron para que me rascara con ganas y sintiera la vida.
Dormí sobre
un lecho de café en pergamino, y el mundo me olía a paz, a vacas lecheras, a
potros salvajes corriendo sin pena ni alarde, relinchando poemas a la tarde y
brincando potras al azar.
¡Estuve
feliz de la vida!, ¡cuánto diera porque no doliera el tiempo no vivido!, pero
pasó, todo se fue, pero recuerdos quedan de aquéllos momentos, de esos abrazos
de niños frescos sin maldad, que no fueron tocados por la ciudad.
Ahora
recuerdo que el paisaje no terminaba, una montaña era el cielo, y al llegar
ahí, más cielos, más nubes y más, mucho más de lo imaginado. Entre pepas de
café colorado y flores blancas, la dulzura del viento cantor atrapó una oración
de toches en un árbol, enredando cunas y picos llenos entre los platanales,
entre ausencias y ensueños, entre coplas y tonadas que dulcificaron una navidad
jamás soñada.
Todos
quedaron dormidos, salimos sin hacer ruido; el trabajo fue arduo, y la paz se
volvió camino, abrazos de amigos que siempre fueron, y ella caminando a mi lado
con una sonrisa encaramada en la boca que hacía llorar de alegría, en medio de
un sorbo de chicha y los cariños de cada esquina con olor a café tostado.
¡Gracias
amigos por tanto!, por esos momentos que no regresarán.
Raquel Rueda
Bohórquez
17 01 17
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