Mis hijos
SER FAMILIA (61)
Ser familia es una palabra sagrada
que cada día olvidamos, porque vivimos pensando más en beneficio propio que en
el de los demás.
Grande le queda la palabra al hombre
que desbocado anda, pero no sabe que Dios escudriña hasta debajo de las rocas,
y a cada quien le da el regalo que merece.
¿Qué regalo merezco?, ¡no será una
patada en el trasero!, pero si acaso me la das Señor mío, que sea para
arrancar, jamás para devolver los pasos que ya he caminado.
“Mi
familia”, se nos hincha la boca diciéndolo, pregonando que somos los mejores
padres y que damos a nuestros hijos lo que necesitan, si estamos afanados
siempre por vivir la vida a nuestro antojo, hacer lo que deseamos, y en esto,
los hijos se crecieron sin un abrazo filial y con muchas carencias, iniciaron
temprano por batir sus alas y aprender a volar con la ayuda del viento.
La familia es lo más sagrado que
tenemos, ¿por qué razón no apreciamos el tesoro que la providencia colocó en
nuestras manos?, somos malos administradores, socios tramposos que sólo buscan
su provecho pisoteando a otros en el camino, y jamás volvimos a orar en grupo,
los pellizcos a los niños alejaron esa felicidad, y le salieron los pelos de
macho al varón sin ese cariño necesario.
Casi que la calle se roba al
potrillo, y las niñas casi olvidan los valores inculcados. ¡Gracias madre por
estar ahí siempre!, ¡gracias tíos!, ¡gracias primos que fueron!, esto es la
familia, pero nos alejamos lentamente, sentimos pena por el apellido, no hubo
paseo ni fotografías que recuerden que la familia somos todos, que se nos
otorgó la gracia de un padre y una madre hasta nuestra adultez, pero que por
andar pajareando y buscando parranda, dejamos de lado la obligación.
Pero ya nada puede volver al sendero,
lo que fue no se puede borrar y toca mejorar, ahora que los pies están
cansados, las rodillas ruegan, y la vejez nos sorprende con otros niños en
otras veredas, muy parecidos a los nuestros.
¡Qué hermosos ojos tiene!, se parece
a la abuela, se parece a Verónica, pero gracias a Dios porque jamás me falló su
amor, siempre estuvo ahí como una luz en mis mañanas tocando lo frágil de la
existencia, siempre hallé en la noche una cobija dulce y bordada de estrellas
para descansar las veces, en que agotada, no podía cerrar los ojos, ni sabía de
qué manera hacerlo.
Se crecieron mis aves, ¡qué bellas
son!,
Danzan en la mañana
Y el árbol inmenso nos cobija
Con su canción.
Raquel Rueda Bohórquez
Barranquilla 14 01 17

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