SUEÑO 6117 (110)
Debíamos pasar al otro lado, algo
había por hacer que no recuerdo; estaba con Sofía, una de mis hermanas. Era
difícil un camino sin camino ni senderos siendo algo por donde debía cruzar,
muy escarpado; rocas y más rocas, filos y más filos, en medio de la humedad que
besaba la montaña llena de verde olivo...
Ella pasó fácilmente, nada le hirió,
estaba contenta y llegó al otro lado, parecía una pluma, ¿por qué tanta
facilidad en medio de un mundo tan tormentoso?, pero sucedió, me quedé a la
deriva viendo de qué manera cruzaría éste sendero tan gris, y abajo un río
violento, un resbalón y nada sería de mí, esta gran inquietud movía el corazón
con violencia y clamaba del cielo clemencia.
¡Clemencia!, ¡Clemencia Señor!
¿Hacia dónde habrá corrido que no se percata de mi presencia?
Un impulso raro me hizo tomar la
cuesta, ¿qué importa ya?, parecía todo perdido, no había llano para descansar,
todo se fue por entre los dedos y la esperanza fue el hilo más fuerte al final.
Cada vez resbalaba y la navaja
cortaba la carne, ¿por qué me dolía si estaba dormida?, entre resbalón y
resbalón, me aferraba de las raíces que sobresalían de la montaña, una que otra
se soltaba, me sostenía viendo hacia la nada y buscaba a providencia con
fervor.
Una mano salió de la penumbra: ¡Aquí
estoy!...
El regocijo me despertó con la lengua
herida, había mordido mi carne una y mil veces, pero no desfallecí, ni siquiera
en sueños dejé de pensar en Dios, y Él me respondió de la manera más sublime.
Raquel Rueda Bohórquez
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