LA OBRA (45)
Los perros
sólo tenían ojos para mí, ¿qué tanto les llamaba la atención?, se revolcaban
como niños, se amaban como tal, junto a sus pulgas y sarnas que se rascan con
gracia.
¿Pero luego
tienen sarna sus perros finos?, ¡mira qué idiotez!, parece que la sarna solo se
le pega a los perros y gentes de estratos bajos, y la pecueca pasa redonda por
mi nariz, cual oloroso perfume de gato fino.
Con estos
pensamientos los veo lamerse, sacan sus lenguas y las revuelcan dentro de sus
propios dientes deseando sacar el olor y las migas de un alfajor, que se quedó
atorado entre la cordal y la espina dorsal.
Y ahí lo
veo, casi que encorvado sobre su piano, luego busca las partituras y el ambiente
se llena, más algo de inquietud tiene el potrillo, ¿qué será de mí?, /me
pregunta angustiado, no sé qué hacer, /y a su lado está una libreta con las
hojas llenas de pensamientos.
Suele cantar
porque ama cantar, escribe poemas y coplas, porque también le agrada; va y
viene del parque a la casa y de la alcoba al piano, y regresa a la guitarra,
con los ojos brillantes y la inquietud de un león encerrado.
¿Qué te
afana hijo de mi corazón?, no estés inquieto, puedes enfermar, o tal vez la
depresión será un arma al cuello, disfrazada de soga, ¡levántate huevón!, el
mundo está lleno de inquietud, pero tienes herramientas que te harán feliz.
Me vio a los
ojos, su carcajada abrió en dos mi corazón, quise abrazarlo pero me ahogaban
los brillos intensos que moraban en ellos y ahí hallé las estrellas, que le
faltaban al cielo más oscuro de mis tantos días.
¡Voy a
componer una melodía!, /dijo. Me habló
de un gran poeta, Jodorowski, ¿y esa vaina?, otra tarea por aprender, la
inquietud por saber hacia dónde me lleva la pena de no saber de tanta gente
excelente que pasó, y que ha dejado huella para que otros sigan.
¡Ya veré
quién es el tipo!, algún zumo he de extraer para mi propia vida.
Deseo
acariciar su larga cabellera, que no me importe cuando ríen de él y que a él le
sea indiferente, y me quedo en medio de la multitud que somos los dos, tan
inquietos, sin importar que el tiempo pase, tan defraudados, pero a la vez
resueltos a continuar con la melodía, hasta que el Maestro envíe la mueca, o
disponga su brazo en alto para frenar.
La obra
inicia, la tarde comienza, y olvidé que tengo una gran tarea para mañana. ¿Llegará
ese día?, ¿para qué nos afanamos tanto por esa tarde, por esos sueños raros, si
podrían jamás llegar?, pero sin importar, hay que abrir el telón, el espectáculo
comienza, el sol buscará otras montañas y la luna se repetirá, en medio de
miles de estrellas.
Raquel Rueda
Bohórquez
Barranquilla,
19 0117
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