Tocando el Magdalena
UN 27 DE NOVIEMBRE (147)
Tocando el Magdalena
Ayer dejé un sencillo mensaje en la
página del alboroto:
Hoy fue un día de ángeles, cada vez
el misticismo me atrae más y más; antes le huía a los rosarios, ahora sólo
busco a Dios en todo lo que me rodea, y mi ángel responde.
Esta noche orar por la salud del cuerpo y del
alma hasta de mis enemigos, si existen.
Todo transcurrió como siempre,
escribiendo poco en páginas, pero trabajando en mi sencilla obra, corrigiendo y
organizando. Siempre encuentro muchos errores, entonces freno un instante, ante
una llamada a salir a ver el paisaje por el malecón hacia el Magdalena.
Ha quedado muy bonito, se puede
caminar casi que tocando el río, el gran sueño de mi madre, y en medio de ésta
nostalgia recorrimos el trayecto escuchando a las tantas aves marinas que se
agolpaban buscando un contento, luego las veíamos robar comida, en tanto una
que otra solitaria, lograba un bocado y huía ante la bandada que se acercaba.
Me gustaron las aves negras que
formaron una y otra vez esa flecha perfecta en el cielo, la diminuta golondrina
perdida me llamó la atención, ¿si ves?, ahí va y cruza el estero sin miedo,
pasa por sobre las gigantes aves y se aleja, quedando un punto que al fin
desaparece.
Luego viene una garza gigante en
picada y roba el lugar de pesca de otra, quien huye a buscar otro lugar; ella
salió vencedora, pues se fue con sus alas enteras y sus ganas, hacia un lugar
más dulce.
Cada una tiene un afán y ese afán es
comida, ¿qué otra cosa se puede perseguir más que el alimento y un lugar digno
para vivir?, aquí había riqueza para el espíritu y de esa riqueza rogaba para
mí.
Dios las sostiene a ellas, ¿cómo no
puede hacerlo con nosotros?, lo que pasa es que vivimos afanados por tener y
tener, para finalmente dejar todo en manos de quien no se priva de gozar y
disfrutar la vida. Aquí también hay ladrones, pero el abusado sigue peleando y
peleando por un espacio y un pez, y no se disgusta demasiado, lo intenta una y
otra vez sin pereza.
Luego fueron desapareciendo; el sol
anunciaba que el cielo pronto estaría colmado de estrellas o de nubes grises
cargadas de muchas ilusiones.
Veía a mi cuñado y a mis hermanas muy
contentas, entre bromas y cuentos, entre perritos hambrientos llenos de sarna y
garrapatas, y gentes de otros países que venían de paso, se fue la tarde; pero
antes, veía siempre al astro luminoso; las nubes con sus imágenes cambiantes y
esos colores maravillosos, eran la más bella oración de la tarde.
Y ahí estaba, sentí de pronto deseos
de bailar. Hay un instante en que el sol cambia de colores; los científicos
dicen que es por mirar de frente y algo sucede dentro del ojo, ¿pero para qué
me entretengo en asuntos científicos?, el sol quema si lo vemos de frente; en
éste segundo en que se despide, no quema ni hiere, sólo danza y cambia de
colores, ahí extendí los brazos y en mi mente daba gracias por tanta maravilla.
¡Oh gaviota mía!, ¡amor de mis
amores, cuánto te amo!, quiero llenarme de ti desde la aurora, ser lo que tú
desees y mejorar como ser humano cada instante, que no pierda el tiempo con más
enojos, que no lo desperdicie escuchando risas y charlas denigrando de otros, y
que tampoco lo haga. Y empecé a bailar, sabía que me estaba viendo, pero no
imaginé lo cerca que estaba de mí.
Luego pedí que me enviaran las
fotografías para llevarlas al blog de mis fantasías, y la vi, una inmensa
alegría me llenó de luz, y sin querer llorar lo estaba haciendo.
La gaviota me escuchó y bailé con
ella, fue un mínimo reencuentro entre el amor y yo, justo en medio del cielo y
la tierra.
Raquel Rueda Bohórquez
28 11 16

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