lunes, 28 de noviembre de 2016

UN 27 DE NOVIEMBRE (147)

Tocando el Magdalena


UN 27 DE NOVIEMBRE (147)

Tocando el Magdalena


Ayer dejé un sencillo mensaje en la página del alboroto:

Hoy fue un día de ángeles, cada vez el misticismo me atrae más y más; antes le huía a los rosarios, ahora sólo busco a Dios en todo lo que me rodea, y mi ángel responde.

 Esta noche orar por la salud del cuerpo y del alma hasta de mis enemigos, si existen.

Todo transcurrió como siempre, escribiendo poco en páginas, pero trabajando en mi sencilla obra, corrigiendo y organizando. Siempre encuentro muchos errores, entonces freno un instante, ante una llamada a salir a ver el paisaje por el malecón hacia el Magdalena.

Ha quedado muy bonito, se puede caminar casi que tocando el río, el gran sueño de mi madre, y en medio de ésta nostalgia recorrimos el trayecto escuchando a las tantas aves marinas que se agolpaban buscando un contento, luego las veíamos robar comida, en tanto una que otra solitaria, lograba un bocado y huía ante la bandada que se acercaba.

Me gustaron las aves negras que formaron una y otra vez esa flecha perfecta en el cielo, la diminuta golondrina perdida me llamó la atención, ¿si ves?, ahí va y cruza el estero sin miedo, pasa por sobre las gigantes aves y se aleja, quedando un punto que al fin desaparece.

Luego viene una garza gigante en picada y roba el lugar de pesca de otra, quien huye a buscar otro lugar; ella salió vencedora, pues se fue con sus alas enteras y sus ganas, hacia un lugar más dulce.

Cada una tiene un afán y ese afán es comida, ¿qué otra cosa se puede perseguir más que el alimento y un lugar digno para vivir?, aquí había riqueza para el espíritu y de esa riqueza rogaba para mí.

Dios las sostiene a ellas, ¿cómo no puede hacerlo con nosotros?, lo que pasa es que vivimos afanados por tener y tener, para finalmente dejar todo en manos de quien no se priva de gozar y disfrutar la vida. Aquí también hay ladrones, pero el abusado sigue peleando y peleando por un espacio y un pez, y no se disgusta demasiado, lo intenta una y otra vez sin pereza.

Luego fueron desapareciendo; el sol anunciaba que el cielo pronto estaría colmado de estrellas o de nubes grises cargadas de muchas ilusiones.

Veía a mi cuñado y a mis hermanas muy contentas, entre bromas y cuentos, entre perritos hambrientos llenos de sarna y garrapatas, y gentes de otros países que venían de paso, se fue la tarde; pero antes, veía siempre al astro luminoso; las nubes con sus imágenes cambiantes y esos colores maravillosos, eran la más bella oración de la tarde.

Y ahí estaba, sentí de pronto deseos de bailar. Hay un instante en que el sol cambia de colores; los científicos dicen que es por mirar de frente y algo sucede dentro del ojo, ¿pero para qué me entretengo en asuntos científicos?, el sol quema si lo vemos de frente; en éste segundo en que se despide, no quema ni hiere, sólo danza y cambia de colores, ahí extendí los brazos y en mi mente daba gracias por tanta maravilla.

¡Oh gaviota mía!, ¡amor de mis amores, cuánto te amo!, quiero llenarme de ti desde la aurora, ser lo que tú desees y mejorar como ser humano cada instante, que no pierda el tiempo con más enojos, que no lo desperdicie escuchando risas y charlas denigrando de otros, y que tampoco lo haga. Y empecé a bailar, sabía que me estaba viendo, pero no imaginé lo cerca que estaba de mí.

Luego pedí que me enviaran las fotografías para llevarlas al blog de mis fantasías, y la vi, una inmensa alegría me llenó de luz, y sin querer llorar lo estaba haciendo.

La gaviota me escuchó y bailé con ella, fue un mínimo reencuentro entre el amor y yo, justo en medio del cielo y la tierra.

Raquel Rueda Bohórquez

28 11 16

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