El ermitaño halló en el cielo su casa grande.
EL ERMITAÑO Y YO (160)
El ermitaño halló en el
cielo su casa grande.
Al fondo todo es azul, combina a la
perfección con el dorado de la playa y el horizonte que duerme al final, pero
ese final es otra línea y otra, y otra...
Con cada línea del horizonte formó
una gran libreta, jamás terminó, sólo si se apaga la vida, ¿pero cuándo se
apagará la vida si ella es el motivo?
Se escucha el murmullo de las olas,
el cantar de las aves, el silencioso danzar de los peces que no saben de
pecado; todo se escucha en el silencio, hasta el silencio grita su voz y su voz
tiene matices divinos.
Ahí estaba mi Yo ermitaño, tímido y
avergonzado de tanto dolor que veía desde su casa, que no era suya realmente,
era el regalo también mudo, de otra existencia que se fue en medio de una
tenaza que no tenía oídos para escuchar sus gritos, ni tiempo para sentarse a morir
de hambre, pues el hambre acusa y la mirada dispone.
Escuché al ermitaño, ¡se veía tan
dulce!, pero esa dulzura también era causa de su fragilidad, y él lo sabía, por
eso alargaba su vida con cada casa prestada en su camino.
Para iniciar, me mudaría de hogar, a
una casa más amplia, que no esté llena de cosas, pero sí, donde haya más
paisaje para ver... -dijo el ermitaño-
En tanto las olas en su vaivén,
dejaron ante su mirada una casa perlada sin dueño; estaba vacía, y por dentro una
joya parecía.
-¿Quién de tal manera la brillaría?
¡Debe haber sido el Mágico Constructor!, nadie de por aquí puede fabricar una
obra así. ¿Esto qué es acaso? -gritó de nuevo, asombrado el ermitaño-
A decir verdad, su casa pequeña
también era en préstamo, ya no cabía en ella, todo se había engrosado, hasta el
alma, y en veloz carrera se abrió paso entre los escombros del mar, no hubo
duda en sus pasos y acomodó su figura al palacio que se le donó.
Luego continuó la dulce melodía del
mar, el divino silencio, en medio del ruido del mundo.
Raquel Rueda Bohórquez
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