sábado, 22 de octubre de 2016

VISIÓN (172)


VISIÓN (172)

Todo cambiará, existe una renovación tanto interna como externa; visualizo el mar o un lago, todo es azul, pero hay cercas de piedra; rosas de muchos colores hacen alarde de su belleza, y las aves multicolores tienen lugares para sus nidos.

Nacen arroyos, un manantial se crece dentro de mí. Camino por ahí, te veo en el lugar de las melancolías con una medio sonrisa; me apresuré a pensar que era fingida, pero nada podía ser más cierto que el sol del mediodía.

Nos miramos sin hablar, ¡lo presentí desde el primer momento!, pero la inquietud surge en medio de un palacio colmado de vicios y cosas colgadas; de vidrieras llenas de asuntos de hombres. La vanidad era el brillo más intenso que jamás pude ver, pero me hirió de frente, escupió mi rostro y con tus manos limpiaste lo sucio que se veía en mí.

El castillo pinté con guijarros del camino, tenían los colores de la primavera y las joyas que se fueron en manos ajenas, retornaron en los colibríes que se acercaban sin timidez a buscar la miel de las rosas.

Me colgué de ti como si fueras el mejor árbol y te dejaste; decidí enredarme en tu brazo arqueado y vi que eras feliz; nos fuimos yendo, caminando otro sendero con otra mirada y el paso más ligero.

¿Qué puede ser más duro que la indiferencia?, más en ésta visión tus manos siempre llegaban colmadas, tus ojos pedían siempre los míos, y tu boca rogaba un beso en medio de un musitar de versos.

Parecías pájaro libre en un arrozal y corrí, ¡corrí cual demente!; reí de mis locuras y reímos al fin los dos.

La visión se cumplió, tus manos y las mías fueron una, ¡ya nada dolía!, ni siquiera los malos recuerdos, y se tornó blanco el cielo; los nubarrones despejaron el sol, y comprendí que fuiste tú quien puso el hilo que faltaba a mi existencia, y con tu suspiro, enredaste la espada de Cupido en su nombre y en el mío.

Raquel Rueda Bohórquez

22 10 16 

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