CHESTER (173)
Chester es un gato con suerte, ha
estado en las últimas y regresa con más fuerza; ha de ser su cola negra la que
lo aviva, porque para gatos que resuciten casi muertos, tenemos al minino de
Sonia que le arranca a la vida cada tajo de buena vibra y ni siquiera lo
adivinamos.
Tiene más años y pilas que los de la
batería de la propaganda. Éste gato en verdad
es de buena suerte, lo arañan, lo muerden, se inflama, lo revientan y continúa
fuerte, sigue cazando palomas y ratas y se encarama en el árbol más alto,
arañando su mundo inmenso con maullidos alargados y miradas austeras.
Es un señor, él lo sabe y todos le
tienen paciencia.
Algún día todo cambiará, dirán que
debe morir para que no sufra, pero él volverá a sus andanzas, sin hijos, sin
nietos, sin amantes porque bien castrado fue, para mermar un poco esas ganas de
salir corriendo detrás de las gatas.
No le sucede mayor cosa, tiene una
vida de gato feliz, una casa grande para él andar a sus anchas, un plato
siempre lleno, y si acaso está vacío, maúlla como endemoniado para que otra vez
llenen su taza.
Qué bello hubiera sido que conociera
a mi gata romana, ¡tan linda y joven!, se fue casi de capullo, cierto día me la
envenenaron y nada se pudo hacer, se fue con el collar de lana al cuello y ese
pequeño aldabón de plata de su misma carne.
Su cuerpo allá se quedó, no pude ver
a mi amor vencido, después de tanto cariño, ¡y nada que te olvido!, porque
cuando te recogí del basurero corriste a mí, y yo corrí hacia ti, desde ese día
nos escogió el destino para amarnos.
La envenenadora vive alerta, ahora
tengo dos mininos, a Nilo lo dejaron en la calle pequeño y hambriento, y a
Gabriela la trajo Serbio para contentar mi tristeza.
Ya nos amamos, pero es callejera,
pronto vendrán los demonios a casa y ese día volverá al doctor y estará más
seguido conmigo, luego ellos se irán con la luz que se apaga y el sol que
despierta.
Mi pobre gata no tuvo la suerte de
Chester que hasta vanidoso parece; ella se fue de mariposa sobre una rosa, o de
rosa que aún perfuma junto a sus capullos, y su recuerdo permanece como la
buena sombra que fue.
Mi dulce amor que aún en sueños aparece y
musita su canción de cuna a mi oído, en tanto Chester parece un Rey, blanco con
su cola negra y despierto, siempre despierto esperando a ver quién entra por su
puerta para gruñir enojado y mirar de lado como viejo gruñón.
Raquel Rueda Bohórquez
21 10 16
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