domingo, 9 de octubre de 2016

FUE UN OLIVO (187)

Olivo difunto

FUE UN OLIVO (187)

La historia de éste gran árbol comenzó con la compra de una pequeña parcela en Santo Tomás, Atlántico, las ganas de un  lugar para descansar del calor y el ruido constante que dejan las ciudades que nos traían agotados, pero aquí hallamos el paraíso.

Cierto día pensé que allá podía estar con mis pollitos, pues amo demasiado el campo y siempre soñé con un lugar así; pero no todo  fue como lo planeado, iniciaron  los celos, lo natural en el ser humano, las envidias, la cizaña que no falta en medio de la pobreza que nos halla cabizbajos y con ganas de hallar en la soledad del bosque, un tanto de felicidad; y era en esos momentos de melancolía en que miraba a éste maravilloso  olivo y deseaba abrazarme fuertemente de su tronco.

Siempre lo vi ahí, desde el primer momento, era el Rey en medio de tanta sequedad, entre el calor, las moscas que abundaban y la rabia que no faltaba.

Solía quedarme bajo sus ramas, en tanto un cáncer de tierra subía y subía despacio, imaginé a mi padre, un gran árbol que fue vencido poco a poco, y la nostalgia anidó en el gajo más solitario del bosque.

Nada se hizo, ¿quién puede contra el comején cuando vive erguido y soberbio bajo tierra, y busca el corazón del árbol para poseerlo?

Fue suya la savia de sus venas, la vida que poco a poco arrasó con las hojas verdes y la fronda más bella que mis ojos vieron.

Y cayó todo lo de arriba, pero aún es un valiente que en pie se sostiene a pesar de tanta herida.

El comején salió airoso, y del olvido queda un triste recuerdo: las flores que caen del árbol vecino y una que otra lágrima que sale resbalando, hasta besar sus muertas raíces.

Raquel Rueda Bohórquez

9 10 16 

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