Olivo difunto
FUE UN OLIVO (187)
La historia de éste gran árbol
comenzó con la compra de una pequeña parcela en Santo Tomás, Atlántico, las
ganas de un lugar para descansar del
calor y el ruido constante que dejan las ciudades que nos traían agotados, pero
aquí hallamos el paraíso.
Cierto día pensé que allá podía estar
con mis pollitos, pues amo demasiado el campo y siempre soñé con un lugar así;
pero no todo fue como lo planeado,
iniciaron los celos, lo natural en el
ser humano, las envidias, la cizaña que no falta en medio de la pobreza que nos
halla cabizbajos y con ganas de hallar en la soledad del bosque, un tanto de
felicidad; y era en esos momentos de melancolía en que miraba a éste maravilloso
olivo y deseaba abrazarme fuertemente de
su tronco.
Siempre lo vi ahí, desde el primer
momento, era el Rey en medio de tanta sequedad, entre el calor, las moscas que
abundaban y la rabia que no faltaba.
Solía quedarme bajo sus ramas, en
tanto un cáncer de tierra subía y subía despacio, imaginé a mi padre, un gran
árbol que fue vencido poco a poco, y la nostalgia anidó en el gajo más
solitario del bosque.
Nada se hizo, ¿quién puede contra el
comején cuando vive erguido y soberbio bajo tierra, y busca el corazón del
árbol para poseerlo?
Fue suya la savia de sus venas, la
vida que poco a poco arrasó con las hojas verdes y la fronda más bella que mis
ojos vieron.
Y cayó todo lo de arriba, pero aún es
un valiente que en pie se sostiene a pesar de tanta herida.
El comején salió airoso, y del olvido
queda un triste recuerdo: las flores que caen del árbol vecino y una que otra
lágrima que sale resbalando, hasta besar sus muertas raíces.
Raquel Rueda Bohórquez
9 10 16

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