Dios en la mirada de un moribundo.
Mi Frank amado.
¿QUIÉN ERES? (181)
Dios en la mirada de un moribundo.
Mi Frank amado.
Buscando a Dios en sitios de mármol
frío y corazones de hielo, que pedían por una oración nuestro dinero, me di
cuenta que Dios nos circunda; se crece en la cascada, se profundiza en el mar;
nos llueve desde el cielo, nos ilumina desde los astros; salta y brinca de rama
en rama, habita la soledad del ermitaño y lo hace feliz.
¿En dónde está Dios?, Él es todo lo
que existe y continuamos necios, aprendiendo de memoria números para chantajear
a quien le falta fe.
Dios es la semilla que se volvió
árbol y luego entrega, se dona a los pobres que habitamos su paraíso: flores,
frutos, y de nuevo se multiplica en cada semilla; se vuelve bosque y río, roca
y pájaro en vuelo.
Mi pregunta es: ¿Qué nos pasa?,
siempre lo busco, cierro los ojos y lo presiento, parece que me tocara y me
elevara, luego soy parte del ave grande de ojos dorados, pertenezco a su
sangre, soy parte de sus ojos y mi corazón tiembla dentro de sí.
Nos veremos mañana en medio del
espejo claro de un lago, porque Él me acaba de regalar el cansancio para que
descanse, y me arropa con una sábana bordada en estrellas.
¿Eres tú la hoja dorada que acaba de
caer?, ¿o la mariposa azul que rondó ante mis ojos el día de mayor inquietud?
¡Cuánto recuerdo ese baile, y la
magia que causó mirarle!, parecías tener resplandor, te vi del color de la hoja
seca que cubría completo tu pecho, pero después, rayos de luz y un azul intenso
fueron magia de espejos, que ante el sol del mediodía, se alejaron para tornar
en las luciérnagas y en los ruidos intensos del bosque.
¡Oh amor mío!: ¿de qué manera alivias
la gran inquietud que tengo?, es como si un pájaro hambriento hallara en ti la
fruta más dulce, o el niño más helado y sin plumas, encontrara bajo tus alas el
abrigo más suave, y después te ocultaras en su pequeña garganta, para contentar
las mañanas frías y aliviar las cálidas, de todas las gentes que van a los
parques con una camándula en los dedos, rezando una y mil veces, la misma
oración, en tanto tú pasas y pasas, y nadie te ve ni te escucha.
¿Eres el acontecer que mueve el lago?,
¿la onda que se crece y copia el cielo?, ¿el pez que pasa?, ¿la garza que forma
un abanico y lo atrapa?
¿Eres la brisa que me toca, que
penetra mis pulmones y me llena?, ¿eres los ojos de mi madre?, ¿la mirada de un
niño triste?
Eres la inquietud temprana que
ilumina mi ventana, y con la sensación de que me ves, doblo las rodillas, para
sentir que vives en mí con cada suspiro, cada mañana, cada instante de vida,
porque tú eres “todo”, y sin ti nada soy, no existo…
Raquel Rueda Bohórquez
16 10 16

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