SUEÑO
110217 (4)
El
tiempo se va, y en ese lapso y el minuto que falta, no caben odios ni rencores.
Todos
hablaban, se hacían planes y reían de cuentos viejos, repetidos una y mil
veces, con la gracia del tiempo y el donaire que se pierde en medio de
esfumadas olas y vaivenes de hojas de eucalipto.
Mi
escoba no podía barrer el mundo, las antigüedades se agolpaban y las quería
todas, deseaba guardar las historias viejas, y en este asunto me las arrumaron
y empecé a escribir hasta mis sueños.
Ignacio
me regaló su plancha vieja, tenía forma de mujer doblada y el manubrio era
demasiado alto para mi pequeñez, pero aun así, acepté su regalo; lo antiguo me
llama, todos ríen de los cuentos viejos, y otra vez se renuevan con cada sorbo
de café, al rato se pintan de carmín la boca, cual putas varadas en la esquina
esperando a Don José.
¡Nada
que pude sacar el sucio!, entre más limpiaba esa casa enorme, más suciedad
aparecía; mi espejo no pudo reflejar mi sombra porque la luz de un cirio no
asoma en la pared, ¡qué raro!, imagino tener luz propia, ¿acaso no es así?, si
tienen luz las hojas secas y vencidas ¿qué razón me hace creer que no tengo mi
propio resplandor?, y lo recordé: “Debes brillar con el resplandor de otros”,
esas palabras se colaron en un sueño viejo y continué: ¿hacia dónde voy?, ahora
estoy trepando a un gran camión, y el mismo hermano me envía una escalera de
caucho que me bamboneaba de aquí para allá; el estómago dolía, las piernas,
¡todo!, mis brazos se encogían, pero nada que podía alcanzar la cima.
No
fue falta de ánimo porque me enviaba una y otra vez una escalera diferente,
luego fueron dos hilos fuertes a los que no me pude aferrar, pero no perdía la
fe de llegar arriba de ese enorme camión; ahí estaba esperando mi lugar, luego
la ayuda llegó y no me di cuenta de dónde, la manera más fácil fue hallada y
trepé; parecía una gacela asustada, pero en medio de mi corazón que parecía una
cítara, mi rostro asomó al fin y el camión inició su carrera por esos caminos
empedrados y esas carreteras de un ayer que se esfumó temprano.
Camino
a no sé dónde, el sueño se cortó y me vi en medio de muchos árboles y montañas,
pero no subía a ningún lugar, estaba ahí con mi hermana mayor Miriam quien me
aferraba de su mano, ambas estábamos en la hora del otoño, teníamos la
cabellera blanca, y recordé las palabras de mi madre muy frescas, ese día que
pasó su mano sobre nuestros cabellos con una mirada de infinitud y amor: “Ahora
la vieja soy yo”, dijo acariciando el rostro de mi hermana y luego me vio, me sentí entre la roca y el
espino y un dolor agudo agitó mi estómago, ¡lo sabía!, estábamos listas para el
filo de la muerte, ¡qué bendecidas hemos sido!, nos volvimos como nuestra madre
y ella nos sintió parte suya, éramos parte de su telenovela que jamás se
divulgaría: ¡Sus hijas, sus flores amadas!
A lo
lejos, pero viéndolo cerca, un hermoso y joven
corcel nos vio, parecía adivinar los pensamientos, inició a pastar y luego
levantaba la cabeza, sus ancas relucían, parecía un espejo negro en donde
bailaba el sol sus mejores sones, sus ojos negros tenían todo el brillo de las
estrellas muertas en el más oscuro silencio.
Después
de su elegante andar, de un momento a otro inició a correr; sus patas
levantaban todas las polvaredas, y en esto lo vimos arriba de la cuesta como un
Rey.
Relinchó
viéndonos a los ojos, lo entendí: ¡Aquí estoy!, soy el potro salvaje que buscan,
siempre me hallarán arriba de la montaña más alta. Parecía tener alas, parecía
tener toda la energía que nos abandonaba y empezamos a correr hacia Él quien
paciente nos esperaba; parecía sonreír, y cada vez relinchaba más fuerte y daba
saltos de niño feliz buscando el pecho de la madre.
Despertar
con la melodía de los perros en la puerta arañando y la gata llorando unas
perlas negras, me recordó que la cinta de mi película se acorta, y ese viejo
dolor en el estómago me mantiene inquieta, ¡no son parásitos!, ¿será el colon?,
algún día tan cercano que casi puedo besarlo, me enteraré que estuve de paso por
aquí, y que no solo conté lo que pensaba, mis sueños están en donde el potro
salvaje me espere y tampoco me los llevé.
Raquel
Rueda Bohórquez
12
02 17
No hay comentarios:
Publicar un comentario