domingo, 12 de febrero de 2017

SUEÑO 110217 (4)


SUEÑO 110217 (4)

El tiempo se va, y en ese lapso y el minuto que falta,  no caben odios ni rencores.

Todos hablaban, se hacían planes y reían de cuentos viejos, repetidos una y mil veces, con la gracia del tiempo y el donaire que se pierde en medio de esfumadas olas y vaivenes de hojas de eucalipto.

Mi escoba no podía barrer el mundo, las antigüedades se agolpaban y las quería todas, deseaba guardar las historias viejas, y en este asunto me las arrumaron y empecé a escribir hasta mis sueños.

Ignacio me regaló su plancha vieja, tenía forma de mujer doblada y el manubrio era demasiado alto para mi pequeñez, pero aun así, acepté su regalo; lo antiguo me llama, todos ríen de los cuentos viejos, y otra vez se renuevan con cada sorbo de café, al rato se pintan de carmín la boca, cual putas varadas en la esquina esperando a Don José.

¡Nada que pude sacar el sucio!, entre más limpiaba esa casa enorme, más suciedad aparecía; mi espejo no pudo reflejar mi sombra porque la luz de un cirio no asoma en la pared, ¡qué raro!, imagino tener luz propia, ¿acaso no es así?, si tienen luz las hojas secas y vencidas ¿qué razón me hace creer que no tengo mi propio resplandor?, y lo recordé: “Debes brillar con el resplandor de otros”, esas palabras se colaron en un sueño viejo y continué: ¿hacia dónde voy?, ahora estoy trepando a un gran camión, y el mismo hermano me envía una escalera de caucho que me bamboneaba de aquí para allá; el estómago dolía, las piernas, ¡todo!, mis brazos se encogían, pero nada que podía alcanzar la cima.

No fue falta de ánimo porque me enviaba una y otra vez una escalera diferente, luego fueron dos hilos fuertes a los que no me pude aferrar, pero no perdía la fe de llegar arriba de ese enorme camión; ahí estaba esperando mi lugar, luego la ayuda llegó y no me di cuenta de dónde, la manera más fácil fue hallada y trepé; parecía una gacela asustada, pero en medio de mi corazón que parecía una cítara, mi rostro asomó al fin y el camión inició su carrera por esos caminos empedrados y esas carreteras de un ayer que se esfumó temprano.

Camino a no sé dónde, el sueño se cortó y me vi en medio de muchos árboles y montañas, pero no subía a ningún lugar, estaba ahí con mi hermana mayor Miriam quien me aferraba de su mano, ambas estábamos en la hora del otoño, teníamos la cabellera blanca, y recordé las palabras de mi madre muy frescas, ese día que pasó su mano sobre nuestros cabellos con una mirada de infinitud y amor: “Ahora la vieja soy yo”, dijo acariciando el rostro de mi hermana y  luego me vio, me sentí entre la roca y el espino y un dolor agudo agitó mi estómago, ¡lo sabía!, estábamos listas para el filo de la muerte, ¡qué bendecidas hemos sido!, nos volvimos como nuestra madre y ella nos sintió parte suya, éramos parte de su telenovela que jamás se divulgaría: ¡Sus hijas, sus flores amadas!

A lo lejos, pero viéndolo cerca, un hermoso y joven corcel nos vio, parecía adivinar los pensamientos, inició a pastar y luego levantaba la cabeza, sus ancas relucían, parecía un espejo negro en donde bailaba el sol sus mejores sones, sus ojos negros tenían todo el brillo de las estrellas muertas en el más oscuro silencio.

Después de su elegante andar, de un momento a otro inició a correr; sus patas levantaban todas las polvaredas, y en esto lo vimos arriba de la cuesta como un Rey.

Relinchó viéndonos a los ojos, lo entendí: ¡Aquí estoy!, soy el potro salvaje que buscan, siempre me hallarán arriba de la montaña más alta. Parecía tener alas, parecía tener toda la energía que nos abandonaba y empezamos a correr hacia Él quien paciente nos esperaba; parecía sonreír, y cada vez relinchaba más fuerte y daba saltos de niño feliz buscando el pecho de la madre.

Despertar con la melodía de los perros en la puerta arañando y la gata llorando unas perlas negras, me recordó que la cinta de mi película se acorta, y ese viejo dolor en el estómago me mantiene inquieta, ¡no son parásitos!, ¿será el colon?, algún día tan cercano que casi puedo besarlo, me enteraré que estuve de paso por aquí, y que no solo conté lo que pensaba, mis sueños están en donde el potro salvaje me espere y tampoco me los llevé.

Raquel Rueda Bohórquez
12 02 17



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