RECUENTOS (11)
Buscando una entrada más para solventar los tantos gastos
que tenemos los padres, llegó una ayuda cierta vez en forma de “suerte”, y es
que tuve la fortuna de hallar unos calzones escondidos y unos condones
agazapados en el rincón del olvido, de un campero que había comprado para
llevar y traer a los sutes del colegio a la casa, y resulta que decidí vender
el carro, con tal sorpresa, que al otro día hallé comprador, y el tipo que
andaba de aquí para allá picándoselas de bollo, tuvo que ajustar los centavos
para irse unas veces en bus y otras a pie, porque así ha de ser cuando nos
enojamos tanto, que ni se ve.
Pues bien, en esto, el dinero terminó en el banco y unos
sorteos para los ahorradores llamaron mi atención, recuerdo el Banco de
Santander, y pensé: estos pesitos van para esa cuenta y me pienso ganar un buen
premio, y al mes me llaman de Bogotá de una emisora reconocida, para informarme
que era una de las ganadoras, al principio no lo creía y pensaba que era mi
hermano Pablo haciéndome alguna broma y todo resultó real, ante las carcajadas
del tipo y mucha gente conocida me escuchó diciendo: ¡¡Ya Pablo deje de
joder!!, ¡ni crea que me convence con sus bromas!, y no recuerdo qué más cosas
dije. Pero fue mi hermano Pablo quien más contento estuvo y quien me acompañó
al banco. El dinero se hizo rendir porque lo invertí en ampliar la casa y
adaptar el segundo piso para dos apartamentos para alquilar, pero ese
“alquilar” se ha convertido en una pequeña pesadilla, pues hemos tenido que
pasar muchos sustos con la gente que ha llegado, y empiezo:
La primera fue una amiga de Santander, lo mejor de lo
mejor y se convirtió en mi socia en algo que no funcionó, pero decidí dar su
parte y ella aceptó muy gentil, ella fue la inauguración más perfecta:
empresaria y jefe, mi paisana luego compró su propia vivienda y se mudó para
gran tristeza. Como ella, todavía ninguna persona ha llegado, su nombre es Luz
Dary.
La segunda persona fue otra conocida, fue feliz hasta que
se casó con un guache completo y terminó mudándose, ahora mudó de todo y se fue
para otra ciudad sin el petuste que le ajustó dos muchachitas y una sonrisa
amarga en el rostro, ¡para qué fregar!, ella fue a todo dar, ¡lástima que se
casó y la sonrisa se le perdió!
Viene entonces el desorden y es que me dejé convencer de
mi hija de que no discriminara a nadie, y un gay muy elegante y bonito, la convenció,
y ella a mí.
Aquí pasó de todo, hasta los hombres muy hombres de por
estos lugares, casi pierden la virginidad. Era veloz, sagaz y tramposo, se
aprovechó y me robó muchos meses de arriendo.
Un día, Anderson mi sobrino que está en el cielo, quiso
ayudarme: ¡Madrina, le voy a poner un candado a ese hijueputa para que no pueda
entrar más!, pero no se lo permití, le dije que no, porque me daba pesar
echarlo a la calle, el tipo no me pagó, pero estaba ahorrando dinero para
arreglar sus piernas y senos, y en este cuento estuvo en coma y casi que se va
para el papayo.
Por ahí anda todavía y no ha dejado la maña, falta ver
qué otras prácticas hacía, porque recuerdo que tenía muchos santos y no eran
tan venerables, me quedó un reloj de pared de recuerdo, espero valga aunque sea
un peso, y eso porque levanté la vista y me gustó esa talla, me lo entregó
desbaratado y alguien lo arregló, algo me darán por él.
Viene luego otra pareja de varones muy hermosos, pero
eran pareja, los desórdenes empezaron y casi hay difunto, vidrios rotos, caras
azules, gritos y escándalos, solo diré que me pagaron, pero no los sustos que
pasamos.
Siempre hay que devolver como se entregó, pero aquí nadie
correspondió y los gastos venían luego, y así alquilé a unos hombres que
trabajaban en una empresa, nosotras solas, sin auxilio de nadie y las peleas
iniciaron; creí que sería bueno esta vez,
pero revólver, cuchillo, patadas insultos y más, ¡menos mal la policía
llegó temprano!, otro cuento sería, un poco de machos calientes y solos y el
desorden de mujeres para arriba y para abajo y en esto no quise alquilar más y
lo dejé a mis hijas, pero... pero... pero... ¡para abajo y a coger oficio!, no
funcionó el cuento, era doble el trabajo para mí. Ahora está Caro viviendo en
uno y el de los problemas está desocupado.
Mucha gente viene, estoy prevenida, el susto de los
varones viviendo ahí, los inquilinos de hace poco que estuvieron entre los
buenos a medias, y las ganas de que alguien que valga la pena lo habite, me
tienen aquí en mi cárcel escribiendo mis penas y alegrías.
¡Hey, mire a ver, solucione!, me gritaba el macho de la
casa, y ésta hembra se escondía: ¿Quién acaso tiene los huevos aquí? ¡Enfrente!,
y entre cada grito quedaron muchas carcajadas.
Recordé ahora la pesadilla que vivimos en Bucaramanga, lo
había escrito y desapareció, ¿esa vaina?, en el apartamento de mi padre hubo un
muerto, esa tortura no se la deseo a nadie, ¡pobre de mi viejo!, ¡a él sí que
le jodieron la vida!
Raquel Rueda Bohórquez
9 02 2017
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